Empecé a notarlo cuando tenía poco más de cuarenta abriles.
Un dolor de habitante que durara un día de más me haría caer en una bucle.
Una extraña punzada en mi pecho significó que estuve monitoreando silenciosamente mi cuerpo durante la sucesivo hora.
Buscaba en Google los síntomas a las 2 de la mañana, estaba convencido de que poco andaba mal y luego me sentía avergonzado por la mañana.
Me dije a mí mismo que simplemente estaba envejeciendo. Que esto es lo que sucede cuando el cuerpo comienza a mandar nuevas señales. Pero cuanto más prestaba atención, más me daba cuenta de que mi preocupación no eran en realidad los síntomas en sí. Se trataba de poco más antiguo, poco que había absorbido hace mucho tiempo sin darme cuenta.
La forma en que nos relacionamos con nuestros cuerpos no surge de la cero. Está determinado por lo que vimos mientras crecíamos, lo que escuchamos y lo que nunca se dijo.
Las personas que tienen ansiedad por la lozanía suelen replicar a estos miedos heredados.
Esto es lo que hay debajo de ellos.
1. El miedo a que cada signo sea el eclosión de poco terrible
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Algunas personas crecieron en hogares donde cada tos era una crisis. La fiebre significaba los peores escenarios. Un dolor de estómago justificó un delirio a urgencias. Los padres no estaban tratando de causar daño; estaban genuinamente aterrorizados. Pero los niños absorben ese terror sin saberlo.
Las investigaciones sobre la ansiedad por la lozanía sugieren que a menudo es hereditaria, no sólo genéticamente sino incluso conductualmente. Cuando un chico observa a sus padres enloquecer en presencia de cada signo pequeño, aprende que los cuerpos son impredecibles y peligrosos. Esa vigilancia es necesaria en todo momento. Que poco siempre está a punto de salir mal.
Cerca de la mediana vida, esta programación se acelera. El cuerpo empieza a cambiar, como lo hacen todos los cuerpos, y de repente el añoso miedo tiene nuevo material con el que trabajar.
2. El miedo a una enfermedad que no ven venir
En algunas familias siempre había determinado enfermo, pero nadie hablaba de ello directamente.
Un yayo con cáncer al que sólo se hacía relato en susurros.
Un padre con una enfermedad crónica que nunca fue nombrada.
El chico sabía que poco andaba mal, pero nunca se le dio información ni contexto.
Esto crea un tipo específico de ansiedad: el miedo a lo desconocido. Si la enfermedad siempre estuvo presente pero nunca se explicó, el chico aprende que la enfermedad es misteriosa e indescriptible. Poco que acecha. Poco para lo que no puedes prepararte porque nadie te dirá qué es en realidad.
Como adultos, estas personas suelen tener dificultades para tolerar la incertidumbre sobre sus propios cuerpos. Cada sensación inexplicable se convierte en un vano que llenan con los peores escenarios, porque eso es lo que aprendieron a hacer.
3. El miedo a un mengua flemático e invisible
Algunos niños presenciaron cómo uno de sus padres empeoraba con el tiempo, no de forma repentina y dramática, sino lentamente.
La energía que se desvaneció. Los nombramientos que se multiplicaron. La forma en que los padres comenzaron a hacer menos, a estar menos presentes, a convertirse en determinado diferente.
Los estudios sobre hijos de padres con enfermedades crónicas muestran que este tipo de exposición prolongada a menudo deja pertenencias psicológicos duraderos.
El chico aprende que el mengua es graduado e invisible. Que es posible que no sepas que poco anda mal hasta que esté demasiado innovador para solucionarlo.
En la mediana vida, estos adultos a menudo se vuelven hipervigilantes en presencia de los cambios sutiles en sus propios cuerpos. Una ligera caída de energía no es sólo cansancio: es el eclosión de una trayectoria que han pasado antiguamente.
4. El miedo a tener que contagiarse ellos mismos o nadie lo hará
Algunos niños no sólo fueron testigos de la enfermedad, sino que se vieron obligados a controlarla.
Le recordaron a un padre que tomara medicamentos. Observaron si había señales de un brote. Aprendieron a ojear las señales sutiles que significaban que las cosas estaban empeorando.
Este tipo de responsabilidad temprana conecta al cerebro para estar alerta. El chico se vuelve un perito en detectar peligros, en notar pequeños cambios y en mantenerse alerta. Es una tacto de supervivencia en ese contexto.
Las investigaciones sobre el cuidado de niño sugieren que estos patrones a menudo persisten hasta la vida adulta. El problema es que la vigilancia no se apaga. En la mediana vida, están monitoreando sus propios cuerpos de la misma forma que alguna vez monitorearon a sus padres: constante, ansiosamente, esperando que poco salga mal.
5. El miedo a que la asesinato llegue pronto y sin previo aviso
Algunos padres cargan con el trauma de perder a un hermano, un padre o un amigo a una vida temprana.
Esa pérdida da forma a su relación con la mortalidad de maneras que quizás nunca expresarán por completo.
Pero los niños lo sienten de todos modos.
Sienten el miedo detrás de los recordatorios de sus padres de tener cuidado, ver al médico y no ignorar los síntomas.
La ansiedad se transmite sin siquiera ser nombrada. El chico no sabe por qué creció sintiendo que la asesinato siempre estaba cerca. Simplemente absorbieron el dolor no procesado de sus padres y lo hicieron suyo.
A medida que crecen, este miedo heredado suele intensificarse. Se acercan a la vida en que sus padres perdieron a determinado y el cuerpo comienza a sentirse como un cronómetro.
6. El miedo a que su cuerpo sea poco de lo que avergonzarse
En algunas familias, el cuerpo nunca fue un tema indeterminado. Se controló el peso. La comida estaba vigilada. La apariencia física estaba ligada al valencia. O simplemente nunca se habló del cuerpo en ilimitado, sino que se lo trató como poco privado hasta el punto de convertirse en tabú.
La investigación sobre la imagen corporal y la ansiedad por la lozanía muestra un esforzado vínculo entre uno y otro. Cuando determinado crece sintiéndose desconectado de su cuerpo o avergonzado de él, a menudo tiene dificultades para interpretar sus señales con claridad. Cada sensación se vuelve sospechosa. No confían en su cuerpo, por lo que no pueden creer en que esté proporcionadamente.
Esto se convierte en hipervigilancia. Están tratando de monitorear poco que nunca les enseñaron a entender.
7. El miedo a que la lozanía pueda desaparecer en cualquier momento
Algunos niños crecieron con el mensaje (expresado o tácito) de que la lozanía es frágil. Que podría desaparecer sin previo aviso. Que podrías estar proporcionadamente un día y no estar proporcionadamente al sucesivo.
Las investigaciones en psicología sobre la ansiedad por la lozanía a menudo remontan esta creencia a experiencias tempranas: la enfermedad repentina de uno de los padres, el suerte de un hermano, la asesinato inesperada de un miembro de la clan. El chico aprende que no se puede creer en el cuerpo. Esa seguridad es una ilusión.
Como adultos, estas personas a menudo viven en un estado de temor leve. La mediana vida lo amplifica porque el cuerpo en existencia está cambiando ahora. El miedo que han acarreado durante décadas finalmente tiene poco concreto a qué atribuirse.
8. El miedo a que ignorar poco signifique vencer por ello
Éste corta en la dirección opuesta. Algunos niños vieron a sus padres ignorar las señales de advertencia, evitar a los médicos o ignorar síntomas que resultaron ser graves. La amonestación que aprendieron no fue que los cuerpos son frágiles, sino que ignorar el cuerpo es peligroso.
Entonces corrigen en exceso. Se vuelven hiperconscientes. Se niegan a descartar cero porque han pasado lo que sucede cuando lo haces.
La ansiedad no es irracional: es una respuesta a un trauma verdadero. Pero puede hacer que cada signo pequeño parezca un desastre potencial. Están decididos a no repetir el error de sus padres, lo que significa que no pueden dejar ocurrir cero.
9. El miedo a que la calma sea solo nulidad
Es realizable pasarlo por parada, pero es importante. Algunos niños nunca vieron a un adulto manejar un signo con facilidad. Nadie dijo: “Probablemente no sea cero; esperemos y veremos”. Nadie hizo caso omiso de un dolor de habitante o superó un virus estomacal sin drama.
En cambio, cada malestar físico fue tratado como significativo. El chico nunca aprendió que los cuerpos tienen hipo, que los síntomas suelen resolverse, que la calma es una opción.
No tienen un maniquí sobre cómo replicar a las señales de su cuerpo sin miedo. Sólo conocen la lectura que les mostraron: vigilancia, preocupación, pensamiento en el peor de los casos. Y sin un maniquí diferente, esa es la lectura que siguen viviendo.
10. El miedo a que no se pueda creer en su cuerpo
Debajo de todos estos patrones hay una creencia única y unificadora: el cuerpo no está seguro.
No es un amigo. No es una fuente confiable de información. Es poco que te traiciona, te sorprende, te descompostura sin previo aviso. Y esa creencia, una vez que se arraiga, es muy difícil de desalojar.
Las personas con este miedo no se preocupan sólo por síntomas específicos. Se preocupan por su propia capacidad de conocer lo que sucede en su interior. Cuestionan cada sensación. No creen en sus propias seguridades, porque en primer zona nunca les enseñaron que se podía creer en su cuerpo.
La curación no se comercio sólo de controlar la ansiedad. Se comercio de reedificar lenta y cuidadosamente una relación con un cuerpo al que nunca se le permitió sentirse seguro.

