El año pasado fue notablemente patente para la Corte Suprema. Su supermayoría conservadora desgarró y desgarró el tejido mismo de la Constitución, poniéndose del costado de la compañía Trump (un recuento en octubre mostró que Trump ganó 21 de 23 casos) en casos que ampliaron repetida e imprudentemente su uso de los poderes del poder ejecutor. El detención tribunal aprobó el despido de miles de empleados federales, cortaduras masivos a la financiación de la investigación en salubridad y educación y la demolición de USAID; permitió al ejército estadounidense prohibir que las tropas transgénero sirvieran y casi anuló el precedente que respaldaba que las agencias federales fueran independientes de los caprichos del presidente; todo esto principalmente mediante el uso excesivo de su proceso de expediente de emergencia, o el “expediente en la sombra”. Pero uno no habría sabido ausencia de esto leyendo el mensaje de fin de año del presidente del Tribunal Supremo, John Roberts, que no abordaba, bueno, ausencia. En cambio, Roberts ofreció reflexiones melosas sobre la historia jurídica de Estados Unidos, decidido a evitar cualquier relato a acontecimientos ocurridos luego de mediados del siglo XIX. 2025? ¡Ni siquiera sucedió! Aparentemente, Roberts quiere que su paseo por el pasado de los expresiones enfatice el semiquincentenario del próximo verano.
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