La deuda doméstico de Estados Unidos, de 39 billones de dólares, se ha convertido en un balón de fútbol político abierto: se discute en las negociaciones presupuestarias, se invoca en las audiencias del Congreso y se ignora en gran medida entre elecciones. Pero lo que el Fondo Monetario Internacional expuso el miércoles es poco más inquietante: Estados Unidos no es un caso atípico. Es sólo el signo más visible de una enfermedad integral.
En el propagación de primavera de su Maestro Fiscal bianual, el Director de Asuntos Fiscales del FMI, Rodrigo Valdés, abrió con un situación crudo: “La caudal mundial está siendo puesta a prueba nuevamente con las consecuencias de la conflicto en el Medio Oriente, y este es un mundo que tiene menos grados de dispensa ya que las finanzas públicas están más al orilla en muchos, muchos países”.
El fondo proyectó que la deuda pública integral alcanzará el 99% del PIB mundial para 2028, superando el borde del 100% antiguamente de lo previsto anteriormente. En escenarios de estrés que representan el percentil 95 de resultados plausibles, esa número podría aumentar al 121% en tres primaveras.
Estados Unidos sigue siendo el principal estudio de caso de disfunción fiscal. El compromiso de Washington se redujo tenuemente el año pasado (de cerca del 8% a menos del 7% del PIB), impulsado en parte por los ingresos arancelarios que fluyeron alrededor de las arcas federales, pero la alivio fue fugaz. “Nuestra previsión es que este compromiso regrese a en torno a del 7,5% y se mantenga ahí en el futuro cercano”, dijo Valdés a los periodistas, con la deuda estadounidense en camino de pasar el 125% del PIB este año y potencialmente el 142% para 2031.
El ajuste necesario para simplemente estabilizar –no aminorar– esa trayectoria requeriría un ajuste fiscal de aproximadamente 4 puntos porcentuales del PIB. “Eso no es pequeño, por supuesto”, afirmó Valdés. Se ubicaría entre los mayores ajustes fiscales en tiempos de paz en la historia moderna de Estados Unidos. Las señales de advertencia ya están parpadeando en los mercados de bonos. La prima que alguna vez tuvieron los bonos del Hacienda estadounidense sobre la deuda de otras economías avanzadas se está reduciendo. “Estas son señales de que los mercados no son tan optimistas –tan indulgentes– como lo fueron en el pasado”, dijo Valdés. “Cuanto más tiempo pasa, más presión podrías confrontar en el futuro”.
Su mensaje al Congreso fue directo: “Esto no puede esperar para siempre”.
El problema de Washington parece casi manejable en comparación con el panorama integral. La brecha fiscal (la distancia entre el circunstancia donde efectivamente se encuentran los saldos primarios de los países y el circunstancia donde deben estar para estabilizar la deuda) ha empeorado aproximadamente un punto porcentual en comparación con los cinco primaveras anteriores a la COVID.
“Este no es sólo un problema cíclico”, dijo rotundamente Valdés. “Básicamente refleja decisiones políticas: compra permanentemente veterano y menores ingresos”. Las tasas de interés reales están ahora unos seis puntos porcentuales por encima de los niveles previos a la pandemia, lo que agrava la carga de cada dólar de deuda existente. Cada año de retraso hace que el ajuste de cuentas final sea más severo.